lunes, 2 de diciembre de 2013

Mucha gente dice que sí, otras que no

Casi a nadie le agrada pensar en la muerte y menos tratándose de la propia. No quieren saber ni cuándo, ni cómo, ni dónde, van a morir. Se olvida el pasado. Se vive el presente. Se ignora el futuro.
Las personas de 60 y más años, la llamada Tercera Edad, es en la que pudiera pensarse más en el inminente desenlace, más si se tienen achaques o enfermedades bien declaradas, con tratamientos médicos o sin ellos.
Mucha gente dice que sí, otras que no, se presiente la llegada de la muerte propia. O cuando menos sospechan que tarde o temprano llegará. Es por este motivo que se preocupan por dejar un testamento de sus propiedades a sus seres más queridos, como son los hijos, la esposa, los hermanos, etc.
En todo el mundo existen personas de la tercera edad que se van alejando poco a poco de la sociedad, o ésta misma se encarga de alejarlos, olvidarlos, marginarlos, abandonarlos, ya sea porque son lentos para trabajar, olvidadizos, discapacitados mental, física y espiritualmente, o por sus achaques o enfermedades.
Algunos son retirados de la circulación confinados en algún cuarto o recámara de la casa familiar, o solos en algún departamento o casa, ayudándolos solamente a pagar la renta y gastos de manutención y estancia, o recluidos en algún asilo de ancianos, casas de descanso, hospitales o lugares de retiro.
En algunos países existen programas de ayuda económica para estas personas de la tercera edad, insuficiente para llevar una vida digna.
El autor de este artículo o blog, como lo llama Blogger, aprovecha este espacio para despedirse de todos aquellos seres humanos, familiares, parientes y amigos, que lo conocieron en vida.
El cuenta en su haber con 66 años de edad. Ya se ha dado cuenta que ha sido marginado por la sociedad, por sus familiares y parientes. Ya no tiene amigos, pues los que tuvo ya se adelantaron y se fueron sin despedida alguna, sorprendidos por la muerte, la cual nunca presintieron ni esperaban.
Hubo una época en que a estos individuos de la tercera edad, se les respetaba, veneraba, la familia los visitaba diario o al menos cada fin de semana, convivían con ellos, se tomaban en cuenta sus consejos, los hijos les obedecían. En la actualidad pocas son las familias que los tratan bien, son amables, atentos, serviciales, con los ancianos. 
Sin embargo, hoy en día, la mayoría de la sociedad los considera una carga, un estorbo, los margina, tristemente no los toman en cuenta para nada, ni siquiera les solicitan su opinión para tal o cual asunto relacionado con la familia. Ni los invitan a sus festejos. Parecen fantasmas en su propio hogar.
Este autor se despide de todo el mundo, principalmente de aquellos que lo conocieron, de los que aún lo estiman, lo quieren, aunque no lo visiten, pidiéndole a Dios que los bendiga. Deseando que todos sus sueños, ilusiones, anhelos, sus metas, se hagan realidad. Solicitando también el perdón de aquellas personas que se sintieron ofendidas por su forma de ser, de hablar, de pensar, de actuar, etc.
Aclarando que él no tiene nada qué perdonarle a nadie, pues si alguien lo ofendió, de palabra, pensamiento y obra, ya lo perdonó.
El siente que se va tranquilo pidiéndole a Dios que le perdone todos sus pecados.
Está consciente que ya cumplió con el mandato de Dios en este mundo, colaboró a traer al mundo a los hijos que tenían que venir por voluntad divina, para cumplir con el destino emanado del Creador. Trabajó lo que tenía que trabajar. Hizo lo que tenía que hacer. Hoy está seguro que Dios lo tiene en descanso previo al descanso eterno y esperando que se cumpla la voluntad del Todopoderoso.
Considera que no es necesario dejar testamento alguno pues es muy poco lo que tiene, aunque mucho tiempo vivió en la riqueza, muere en la pobreza, pues no supo conservar lo que Dios bondadosamente le dio. 
Para el autor, Dios todo lo tiene previsto y Él sabe lo que cada uno de sus hijos necesita.
Por lo tanto, no es éste un adiós definitivo, sino un hasta pronto, porque todos vamos hacia el mismo lugar, los cuerpos a las sepulturas o a la cremación y las almas que nos prestó, Dios las reclama y se las lleva a donde Él así lo dispone.